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Palabras (guarrerías) que marcan

noviembre 22, 2007

Voy a contarles lo que me sucedió una tarde de otoño hace unos 8 años, contando yo con unas 13 primaveras. Uno de los datos que me ayuda a situar cronológicamente esta experiencia es que con esa edad yo ya flirteaba seriamente con el tabaco, factor que pudo desencadenar lo sucedido junto con otros que paso a comentar.

Había quedado con mis amigos a las 17 horas en la plaza en la que solíamos reunirnos, tomando como punto de partida el banco en el que yo me senté al llegar. Recuerdo perfectamente que eran las 16:56, y mis amigos no tardaron en llegar. No obstante, aquellos minutos de demora dieron para mucho.

A través de la misma calle por la que yo acababa de llegar, asomó un hombre de mediana edad visiblemente alcoholizado y posiblemente con gravés trastornos mentales. Acto seguido, vi cómo entraba en uno de los establecimientos localizados en la plaza, pidiendo a gritos que le dieran 100 pesetas. En aquellos momentos, mis nervios comenzaron a aflorar sin razón aparente, pero me llevaron a echar mano de mi cajetilla de tabaco y a encender un cigarro. Quizá se debiera a que, aún hoy en día, cualquier situación anormal provoca en mi interior una sensación de intranquilidad que me cuesta aplacar.

Aquel individuo proseguía con sus plegarias, obteniendo negativas por parte de los propietarios. Pero mi perdición llegó cuando aquel hombre advirtió mi presencia. Tras ese cruce de miradas, se dirigió hacia mí decididamente. Cuando me di cuenta, tenía su barba de cinco días frente a mí:

– ¿Me puedes dar 100 pesetas? – preguntó de una forma más suave a las que había dedicado previamente en cada una de las tiendas, hecho presumiblemente motivado por mi condición de pre-púber.

– No… no tengo dinero – repliqué, con voz entrecortada.

– ¿Cómo que no? ¿Qué haces fumando entonces? ¿Cómo te has comprado el tabaco? ¿No eres muy joven para estar fumando? – insistió con un tono algo más agresivo.

– Ya, pero es que se lo he cogido a mi madre – mentí, a pesar del riesgo que ello podía conllevar.

– Mmmm… ¿cuántos años tienes? ¿Tienes novia? – dijo en tono amigable, llenándome de confianza.

– Tengo 13 años, y novia no tengo aún… – respondí, intentando no despertar su ira.

– Mira, te diré un secreto… lo que más les gusta a las mujeres es que les coman tol coño – fueron sus últimas palabras.

Reemprendió el camino y se marchó por donde había venido. Quedé estupefacto a causa de la extrañeza de los hechos, atónito y sorprendido. Recuerdo esta experiencia como una de las más surrealistas que he vivido nunca. Además, cuando llegaron mis amigos no daban crédito a lo que estaban oyendo… pero las dependientas fueron testigos de que aquel hombre pululó por aquel apacible rincón de Vilassar de Mar.

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2 comentarios

  1. Borrachos e indigentes suelen decir esta clase de bobadas.
    Una vez (hace bastantes años) en el portal de mi casa se metió un vagabundo a dormir.
    Cuando llegué y le ví le dije que se marchara. No sé qué coño entendió el tío pero me dijo: -“Que me tire un pedo? JUA JUA JUA JUA!!!”.
    Me largué y le dejé ahí, en el portal, donde pasó la noche.
    Son gente que no está muy bien de la azotea.


  2. ¡Jajajajajajajaja! Hostia Ant., esta también es buena.
    Lo mío fue algo surrealista, llegué yo tan inocente a la plaza en la que nos reuníamos… y me encontré con aquello.
    Tuve ‘testigos’ que pudieron confirmar que estaba en lo cierto, pero mis amigos no se creían lo que les estaba contando. Lógico. Seguramente yo tampoco me lo hubiera creído. Pero aquel aliento a bourbon y aquella sentencia me marcaron…



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